Mi hermano se va a Irlanda en enero (quizás no). Mi mejor amigo se va a Edimburgo en febrero. Yo me voy el próximo verano…y ninguno se va de vacaciones.
Los tres estamos muy cerca (por encima o por debajo) de los 30, y los tres estamos hastiados de nuestros trabajos, de nuestras vidas hipotecadas y grises y de lo que ha de venir (hijos, obligaciones, menos libertades si cabe, etc.)
De la misma forma que un adolescente no ve las ventajas de ser joven y empieza a perder los beneficios de la niñez, asà estamos nosotros. Sin el nivel economico de los 40 ni las libertades de los 20…empezamos a ver como nos clarea el pelo, los kilos empiezan a ser motivo de control y ya no aguantamos 3 dias seguidos de fiesta.
Antes estos complejos los tenias a los 40, pero el mundo cada vez está más hecho para ser joven. Nadie quiere dar ni la mas minima muestra de vejez (ni madurez).
Y surge el “complejo Peter Pan” - no quiero envejecer nunca - que alimentamos a base de camisetas de kukuxumusu, aficiones juveniles y noches de fiesta en las que mas nos apetecerÃa estar delante del sofá con una buena peli. Pero existe un recurso más, un recurso que nos devuelve a la época de irresponsabilidad y aventuras de forma irremisible: viajar.
Alejarnos de nuestro trabajo y de todo lo que nos hace tener la edad que tenemos, refundarnos en un nuevo lugar, con una nueva identidad. ¿Qué sabrá nadie de nuestra vida aqui en Irlanda?
En mi caso los motivos son otros…siempre fueron otros. Sin embargo a medida que me acerco al final de mi juventud (si es que queda algo) comienzo a ver otros motivos para viajar. Motivos menos nobles quizás, menos admirables. La última gran majaderia, el carnaval de los carnavales de mi vida.
De momento solo he sido turista en muchos paÃses (¿muchos?). Y tengo recuerdos que me hacen pensar que no fue tiempo perdido.
He lavado a un elefante y he caminado descalzo entre miles de ratas en la India
He jugado con los charcos de agua sobre el marmol traslucido del Taj Mahal
He jugado con olas de 3 metros en Marruecos, y me he perdido en la medina de Fez, uno de los laberintos más encantadores del mundo.
He charlado relajadamente con extraños y artistas callejeros en los Campos ElÃseos a la sombra de la Torre Eiffel.
He pasado uno de los dÃas más divertidos y memorables de mi vida caminando por los verdes campos franceses junto a mi queridisimo hermano. Caminamos más de 20 kilometros, compartimos coche con una familia hawaiana y acabamos durimendo en un prostÃbulo al que nos llevó la policÃa por la intermediación de una pareja de hermanos con los que fuimos a tomar algo.
He escuchado fados y poesias improvisadas por extraños mientras bebÃa licor de miel en Portugal, junto a mis padres.
He sentido los adoquines de las calles de Lisboa mientras viajaba en un antiguo tranvia de madera.
Me he emborrachado y he bailado con extraños músicos africanos hasta el amanecer en la Semana Grande de Bilbao y San Sebastian.
He recorrido Amsterdam en bicicleta y me he conmovido con los cuadros de Van Gogh. En Holanda encontré junto a mi hermano el pueblo más bonito que he visto nunca: Hoorn.
He paseado de la mano con la mujer que quiero por las murallas medievales de Carcassone.
He visto el atardecer sobre las cúpulas de las mezquitas de Estambul desde el Bosforo. He comido pescado recién hecho en el puerto de Estambul donde centenares de personas negociaban con baratijas.
Me quedé dormido (y me quemé con el sol) debajo de una de las cascadas de agua calcificada de Pamukkale, una montaña blanca como el algodón.
He visto desprenderse bloques del tamaño de edificios del Perito Moreno, en Argentina, y unas semanas después estaba a 20 metros de las cascadas del Iguazú…encima de la gargante del Diablo
He pasado por debajo de una de las cascadas del Iguazú, en una experiencia que a nadie se le olvidarÃa en su vida.
He disfrutado de una charla con mi familia, tomando unos mates en medio de la Patagonia.
Pasé la noche de fin de año más romántica de mi vida en Praga, en medio de la plaza del reloj con más de 5000 personas bailando y tomando vino caliente.
Me he bañado desnudo en las islas griegas. He caminado entre las ruinas de la Acrópilis y he aborrecido la suciedad de Atenas.
He disfrutado como un niño en los museos de Londres me he sentido bien entre una gente contra la que tenia muchos prejuicios. Conocà la noche en el Soho de Londres.
Y en fin…eso es casi todo. Seguro que me he dejado muchas cosas…pero desde luego son bastantes puntos a favor de coger la maleta y seguir viviendo cosaas asÃ.
Y al que no se anime, que compare estas cosas con los meses y meses perdidos trabajando para pagar la hipoteca.